TIERRA DE MEDINACELI

TIERRA DE MEDINACELI

MULTIMEDIA

Arco romano de Medinaceli

Monasterio de Santa María de Huerta

Somaén

Plaza Mayor de Medinaceli

Chaorna

Castillo de Monteagudo de las Vicarías

La tierra de Medinaceli es la que abre la puerta a los visitantes desde Madrid.

El arco romano de la «Ciudad del Cielo» (Medina-Celi) da la bienvenida a los conductores que pueden apreciarlo ya desde la carretera.

Yacimientos del paleolítico, monasterios cistercienses, y calles y plazas medievales, le dan a estas tierras un sabor inconfundible, digno de visitar.

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Desde Medinaceli, el Valle del Jalón se estrena abajo. Desde ella, donde el viajero callejeará despacio, se abren numerosas excursiones: Romanillos brinda románico, calzada y fuente romana, tumbas antropomorfas medievales y colección etnográfica.

La excursión ineludible se adentra en el yacimiento del Paleolítico Inferior más importante de la península. Está a quince kilómetros de Medinaceli, restos fosilizados de uros, caballos, lobos y huesos de elefantes de hace 300.000 años. Pueden verse en el museo de Ambrona junto a herramientas de piedra.

Más allá, un pueblo, se llama Somaén, ve al Jalón lamer las huertas desde su torreón cuadrado del XIV y XV.

Y seguimos, carretera y mapa, por esta tierra de tránsito. A eso huelen las calles rojas y blancas de Arcos de Jalón, a esencias aragonesas y castellanas. Desde allí, la angosta carretera de Iruecha devuelve al viajero el sabor de la piedra y los silencios.

Al llegar a Chaorna, la belleza se viene de golpe en las casas y las fuentes, las cuevas que se hicieron tainas, los restos del castillo de arquitectura militar medieval, las cascadas que ponen fertilidad al entorno adusto y callado…

La carretera, que sigue estrecha y solitaria, lleva hasta Judes y su laguna. Más allá, Iruecha con su extenso sabinar, aunque lo más célebre de esta población, es sin duda La Soldadesca.

De nuevo en Arcos de Jalón, se desdobla la autovía de Aragón. Todo se esfuma tras el umbral cisterciense de Santa María de Huerta.

Antes de llegar a Monteagudo de la Vicarías, un desvío señaliza Almaluez. El pequeño pueblo sorprende con un tesoro único en Castilla y León en su iglesia del XVI: un impresionante baldaquino del XVIII de madera policromada.

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