29 May Del mar de cereal al castillo de Almenar: una escapada por la Soria más desconocida
Hay una Soria que se mira desde las alturas, entre campos de cereal, torres defensivas, pueblos tranquilos y castillos que aún parecen vigilar el horizonte. Una Soria de frontera, de caminos antiguos y de silencios con historia. Esta ruta por Gómara, Serón de Nágima, Deza, Peñalcázar, Reznos, Torrubia de Soria y Almenar de Soria es perfecta para quienes quieren descubrir la provincia sin prisa, con la cámara preparada y la curiosidad bien despierta.
Dicen que cuando Machado habló del “mar de Castilla”, quizá pensaba en paisajes como estos. Y, sinceramente, no hace falta forzar mucho la imaginación: aquí los campos se extienden hasta donde alcanza la vista y cada pueblo guarda una pequeña sorpresa.
Gómara, el mirador del cereal
La ruta comienza en Gómara, localidad que da nombre a una de las zonas cerealistas más extensas y fértiles de Soria. Desde su entorno, el paisaje se abre como un océano dorado en temporada de espigas.
Pero Gómara no es solo paisaje. Su origen está ligado a antiguas murallas y a un castillo que formó parte de la línea defensiva del río Rituerto, primero entre musulmanes y cristianos, y más tarde entre castellanos y aragoneses. Una parada para mirar lejos y entender que, en Soria, hasta el horizonte tiene memoria.
Campos de Gómara
Serón de Nágima, huellas de frontera
El siguiente alto es Serón de Nágima, una villa marcada por la influencia musulmana. Su nombre ya suena a historia antigua, a paso de culturas y a territorio disputado.
Aquí merece la pena detenerse en su trazado urbano, en sus restos patrimoniales y en esa atmósfera de pueblo soriano donde el tiempo no se detiene, simplemente camina más despacio.

Castillo de Serón de Nágima
Deza, palacios, torres y aire aragonés
A unos 25 kilómetros de Gómara aparece Deza, ya en el oriente soriano y muy cerca del límite con Aragón. Su situación explica buena parte de su pasado: fue tierra de paso, de frontera y de familias nobles.
Entre sus visitas destacan los restos del palacio de los Barnuevo, el torreón que formó parte del palacio del duque de Medinaceli y la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI. Un conjunto perfecto para quienes disfrutan descubriendo pueblos con historia, pero sin multitudes.

Castillo de Deza
Peñalcázar, belleza despoblada
De Peñalcázar queda la memoria de una fortaleza y el silencio de un despoblado. Apenas sobreviven fragmentos de muralla, puertas de acceso y restos del antiguo alcázar, que dio nombre al lugar.
Su ubicación, su historia y su soledad lo convierten en una de esas paradas que impresionan precisamente por lo que sugieren. Aquí no hace falta mucho decorado: basta una ruina, el viento y la imaginación.
Peñalcazar
Reznos y Torrubia de Soria, pequeñas grandes paradas
A solo 6 kilómetros, Reznos sorprende con la torre de la iglesia de San Andrés y su pasado medieval. Es una de esas localidades que recuerdan que las rutas por Soria no se miden solo por grandes monumentos, sino por detalles.
Muy cerca, Torrubia de Soria suma una historia literaria: aquí nació Casta Esteban, esposa de Gustavo Adolfo Bécquer. En la localidad se conserva una casa-museo con enseres de la época, una visita muy recomendable para quienes quieran añadir un toque romántico y cultural al recorrido.
Almenar de Soria, el castillo que lo cambia todo
La ruta culmina en Almenar de Soria, donde se conserva uno de los castillos más impresionantes de la provincia. Su doble recinto amurallado, el foso exterior, el puente levadizo y la torre del homenaje forman una imagen poderosa, de esas que justifican una escapada.
Además, en la localidad se encuentra la ermita de la Virgen de la Llana, levantada sobre un antiguo poblado romano, y la iglesia de San Pedro, a la que se accede por un paseo de cipreses. Un final con castillo, leyenda y postal soriana incluida.

Castillo de Almenar
Una ruta para mirar Soria de otra manera
Esta ruta por el este de Soria es un viaje por campos abiertos, pueblos de frontera, ruinas con encanto, literatura y fortalezas. No es una ruta de grandes prisas ni de planes enlatados. Es una invitación a parar, mirar, leer los paisajes y dejarse sorprender.
Porque en Soria hay lugares que no gritan para llamar la atención. Simplemente están ahí, esperando a que alguien los descubra.

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