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De autorías y ultrajes
Sea por el clérigo de Caracena Per Abbat o por los juglares de Medinaceli y San Esteban -todos ellos apuntados como posibles autores del Cantar del Mío Cid-, el Poema abunda en un conocimiento preciso de esta provincia por la que el Campeador trazó parte de su exilio. El cantar anónimo no escatima en toponimia de la cartografía soriana, en una lista detallada de poblaciones y parajes que permite seguir en detalle sus pasos. Las piedras angulares del itinerario no son sino este posible origen del Cantar y la Afrenta de Corpes, el ultraje sufrido por las hijas del caballero en un paraje de Castillejo de Robledo.
San Esteban de Gormaz, cabecera de la ribera vinícola soriana y villa declarada Conjunto Histórico Artístico, detiene el camino junto a las orillas del Duero. Los sabores medievales de la que fuera un día Puerta de Castilla con fortaleza estratégica y soberbia asaltarán al viajero, bien avenidos con los rastros de la cultura celtibérica y el románico generoso. El Cantar del Mío Cid le hará sus honores reiterados tanto en el Destierro como en la parte dedicada a la Afrenta de Corpes.
Si la teoría de Menéndez Pidal fuera la cierta, el juglar que escribiera El Destierro era natural de la villa, mientras que La Afrenta fue obra de un medinense. Eso explicaría el detalle con que la zona es retratada en el Cantar, así como la bondad dedicada a un San Esteban que dio posada a las hijas del Campeador tras ser maltratadas por sus maridos en el Robledal de Corpes. Es el paraje que da entrada a otra localidad soriana , Langa de Duero. La Segontia Lanka celtíbero-romana fue punto de choque entre castellanos y musulmanes; en esta franja de límites un torreón recuerda al Castillo de Álvaro de Luna. Su silueta domina este pueblo de soportales y cuya iglesia con reminiscencias góticas oculta laderas rocosas taladradas para fermentar uva.
En el vértice de la provincia nos topamos con Castillejo de Robledo, pueblo de piedra y sabinas que acoge en su vientre de valle leyendas, historia y belleza.
Viñedos y lagares conversan en él, en una combinación perfecta que lo convierte en atractivo -aunque poco conocido- punto para el turismo y el descanso. Entreténgase: una inteligente fusión de pasado y presente le saldrán al paso. Tiempo detenido en el templo y el castillo templario, en las ermitas y la memoria. Tiempo que fluye hacia adelante en la Escuela de Caza y Prácticas Cinegéticas, en las viñas replantadas hace pocos años que auguran excelentes caldos y en la recuperación de la mejor de las tradiciones gastronómicas, a base de lechón exquisito y tradición merendera de carne asada con buena leña y regada con mejor caldo.
La Afrenta de Corpes
No hay un acuerdo tácito sobre el paraje en el que Doña Elvira y Doña Sol fueran atadas a una encina y azotadas semidesnudas por sus esposos, los infantes de Carrión. Pero el suceso, que unos sitúan junto a la ermita de la Virgen del Monte y otros en distintos puntos del término de Castillejo de Robledo, es probablemente aludido en una pintura de la iglesia románica de la localidad, que antiguamente se cubrió de cal y fue descubierta al abrir una ventana, pudiéndose conservar sólo una parte de la imagen.
Y más tiempo para Castillejo en esta guía, que se adentra por sus detalles en la ruta por la Ribera del Duero.
Atravesando Alcubilla del Marqués.El camino rural que arranca en Uxama no es sino la antigua Quinea a la que alude el Cantar cidiano. Pero el viajero puede llegar a Alcubilla por carretera, donde descubrirá lo que era fin de Castilla para el batallador medieval y encontrará museo etnográfico, bodegas, vino fresco y deliciosas chuletas asadas con el sarmiento del viñedo.
Ya en Tierras de El Burgo, el antiguo castro de Uxama asoma su faz celtíbera y romana por encima del Valle del Ucero. Bajo él se encuentra la medieval Osma y el que fuera un día su burgo humilde. El Burgo de Osma, repleto de historia, patrimonio y sabor catedralicio es hoy Conjunto Histórico-Artístico, buena meca gastronómica y pueblo abierto a la expansión y al turismo. Una vez más, remitimos al viajero a las páginas donde la monumental villa se prolongará en arte, cultura y visitas de apretada agenda.
Siga el viajero llenándose de hermosuras cidianas. Está a punto de encontrarse con otro perfil desafiante y altivo. Un castillo varado en el aire se alza en medio de la llanura. La fortaleza de Gormaz se levanta en una meseta que bien pudiera haber sido puesta a propósito en el valle ocre. Milenaria, sólida, extensa y altiva, nació en el siglo X de manos de cuadrillas árabes que construyeron una edificación de más de un kilómetro de perímetro y una longitud de 370 metros. Suba. Rompa la horizontalidad castellana. Ascienda a uno de los principales centros de defensa del Duero considerado la más extensa fortaleza de su época del Viejo Continente. Hay viento. Viento, silencio y memoria. Por aquí han pasado califas y caballeros, nombres árabes y castellanos: Galib, Almanzor... y el Cid, que un día fue su alcaide. Vaya a la puerta califal.
De momento, nos vamos de la mano de Díaz de Vivar y sus huestes camino a Berlanga de Duero de la que fue señor el Cid y en la que tomaron posada sus hijas antes de regresar a Valencia. Centro turístico, cultural y administrativo de la Tierra que lleva su nombre, es portadora por hecho y derecho del título de Conjunto Histórico Artístico -el primero de la provincia-, con una Colegiata del XVI que suma la catalogación de Monumento Nacional.
Una lista extensa de lugares que visitar se nutre de casas solariegas y palacios, soportales castellanos bajo las balconadas dulces, arquitectura de ladrillo con madera de sabina y adobe, suelos de piedra, rollo gótico, excelente mesa, una ermita cercana -espléndida, mozárabe y mística- llamada San Baudelio... y mil puntos suspensivos para poner aquí y explicar en otra ruta con más tino y espacio, dejando ahora al viajero y al Cid un camino que va tocando a su fin castellano y su principio alcarreño.
Pero antes de dejar partir al caballero a la cercana Guadalajara, un pueblo al pie de la sierra de la Pela entrega colores al aire mientras crea su particular oasis en la meseta. Es Retortillo, ciudad amurallada en tiempos y abierta a los cuatro puntos cardinales que fue albergue y cruce de culturas enfrentadas. En él, rojo de piedra arenisca, los árabes y los cristianos vinieron a juntarse a un lado y al otro de este lienzo que ahora se hace tendal y seca sábanas al sol.
Y por la sierra de Miedes, hoy de Bulejo, atraviesa el Campeador su recorrido de exilio, dejando tras de sí las tierras de la Castilla Vieja para adentrarse en la Nueva por Guadalajara. Más allá, y recién llegada de la Alcarria, la ruta del Campeador se dirije a la aragonesa Calatayud atravesando el término de la soriana Layna por el valle del Arbujuelo. La ruta sigue por Ansarera y asciende hasta Medinaceli, una villa hermosa y bien cuidada en la que hoy tienen casa pintores, escultores y galeristas.
“Otro día, de mañana, comienzan a cabalgar, saliendo ya de su tierra el Campeador Leal; San Esteban deja a un lado, aquella buena ciudad, y pasa por Alcubilla, que de Castilla es fin ya; La Calzada de Quinea íbala ya a traspasar; por Navapalos, el río Duero van a atravesar, hasta Figueruela donde mío Cid mandó posar. Y de todas partes, gentes acogiéndose van.”
Medinaceli-Estación se extiende al pie del cerro con un complejo hostelero para el viajero de paso. Arriba, en la cumbre que domina el valle del Jalón, la villa, uno de los conjuntos patrimoniales más generosos de la provincia, acoge al visitante en una fisonomía señorial y bellísima, apenas alterada por los tiempos nuevos.
Es la antigua Occilis celtíbera, la Medina árabe, la ciudad donde se cree está enterrado Almanzor y cuyo Arco Romano es, además de símbolo de la localidad, único en España por su triple arcada. En ella, donde hay castillo, murallas, colegiata, beaterio, palacio ducal, alhóndiga y derroche arquitectónico de sillar, un ancestral rito celebra en noviembre memorias celtíberas bajo el nombre de Toro Jubilo. Fiesta y villa serán mejor descritas en otra ocasión, que vendrá inundada de hermosuras al amor de la piedra, el barro y la lumbre.
Ahora es momento de seguir el rastro del Cid Campeador, que nos llevará hasta Somaén, allí donde la tierra abandona su blancura de horizonte ancho para volverse rojo erosionado. Sobre el pueblo, una fortaleza restaurada domina un río que nos conducirá a Arcos de Jalón, con restos de castillo medieval y un fuerte aroma ferroviario. Toca a su fin el periplo del Campeador por tierras sorianas. Y nada mejor para ponerle la guinda de la espiritualidad que los muros del Monasterio Cisterciense de Santa María de Huerta. Es uno de los más destacados de la Orden, el único en la provincia y cuenta con declaración de Monumento Nacional. Allí le dejamos, viajero cidiano, para descansar de este camino -que no destierro- por el que el Campeador le llevó de su mano exiliada.
Pasee por el Refectorio, por el claustro quieto, por los sonidos de un tiempo detenido y sereno. Si puede, escuche a los monjes su misa cantada. No hace falta la religiosidad para rozar -no sabríamos explicarlo- una suerte de reducto místico que se recoge a intramuros.
Hay un camino en Soria que se entrega sin remedio a la epopeya. Una andadura de signo medieval. Una figura que cabalga por sus caminos anchos, mientras los juglares cantan de memoria y a viva voz hazañas de épica antigua. Mitad historia y mitad leyenda, el Cid recorre con sus mesnadas el polvo castellano desde hace nueve siglos, en un tiempo de gestas que, escritas para ser recitadas y oídas, hilvanan como entonces una ruta definida en la que esta provincia juega un papel fundamental. Quizá fuera porque su autor o copista fuera el clérigo de Fresno de Caracena Per Abbat. O puede que, siguiendo la tesis defendida por Ramón Menéndez Pidal, tras el anónimo se escondieran dos plumas distintas, procedentes de San Esteban de Gormaz y Medinaceli.
En 1998, y a punto de cumplirse el noveno centenario de la muerte del caballero burgalés, ocho diputaciones de cuatro comunidades autónomas quisieron aunar esfuerzos y economías para desenterrar memorias.
El hilo conductor lo pondría un Cantar en castellano antiguo que, lejos de recoger glorias y victorias de Rodrigo Díaz de Vivar, entra en escena a cuestas ya con su desgracia: el destierro injusto que le impusiera, al final de su vida, el rey Alfonso. Así, las provincias de Burgos, Soria, Guadalajara, Zaragoza, Teruel, Castellón, Valencia y Alicante, decidieron crear y recrear un camino común, cuya cohesión radicara en los hitos de la memoria. Turismo, cultura y medioambiente harían el resto del peregrinaje.
Arte, naturaleza, gastronomía, gentes y paisajes coserán los hilvanes últimos de la Ruta del Cid, mientras viajeros de coche, bicicleta, caballo o mochila descubren el recuerdo de un burgalés que se midió con las estrellas. Y dentro de esta andadura medieval a las puertas del tercer milenio, dos grandes rutas y dos grandes historias: el recorrido soriano, fusión de los caminos del Destierro y de la Afrenta, habrá de hacerse uno en este extremo de sudor y polvo por el que el Cid cabalga.